Una mujer que se encontró en muchos lugares en su vida, cantado en locales de mala muerte, en los que nunca dio con malas rimas, cantando sobre malas espinas.
En los escenarios la gente le ignoraban, en su mente 10.000 personas la contemplaban, cada canción cantada para su público soñado, olvidando cada reproche, al acabar cada noche el maquillaje se deslizaba por su rostro entre lágrimas ante el espejo contemplando sus ojos azabache.
Sueños la rodeaban de rosas, vestidos rojos y telones de terciopelo, una escena llena de instrumentos de jazz, acompañándolos con su estupendo anhelo.
Hoy es una mujer mayor, con ojos preciosos vistiendo una triste mirada, cada día canta a la mañana los sueños que aun espera junto a su ventana entre rosas rojas y mejillas rosas.


Precioso, una magnífica foto de una oculta realidad: Las horas del ocaso de los artistas.
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